Este artículo presenta la experiencia de Churritos en escena, un proyecto educativo desarrollado con estudiantes de cuarto grado de primaria en Piura, que utiliza el teatro como estrategia para fortalecer las competencias comunicativas, la convivencia y la identidad cultural. A través del arte y la creación colectiva, el aula se transforma en un espacio de expresión, aprendizaje y participación.
A continuación, se presenta el desarrollo de esta experiencia educativa, desde su origen hasta sus principales resultados.
Churritos en escena: Descubriendo la diversidad
Una mano tras otra representa al equipo sosteniendo el reto de movilizarse, de creer y crear. Así empezó Churritos en escena. Los estudiantes de cuarto grado de primaria de la I.E. 15190 se reunieron antes de presentar su primera obra, en un círculo apretado donde se sentía de todo: miedo, felicidad, cansancio, esperanza. Esa primera escena resume el proceso que poco a poco transformó la escuela.

Como un déjà vu, la imagen de grupo evoca el nudo de esta historia. A inicios de año, solo algunos estudiantes se animaban a leer o compartir sus ideas. Dos de diecinueve (11%) alcanzaron el nivel de logro esperado en sus competencias comunicativas, lo que significaba no solo un reto educativo, sino también colectivo, de convocar a diversos actores y enfrentar juntos este desafío.
Una asamblea en el aula reveló que la convivencia era un desafío diario: algunos evitaban trabajar en grupo por burlas o rechazo, mientras las evaluaciones diagnósticas mostraban dificultades en lectoescritura y poca conexión con la identidad cultural. La docente se preguntó: ¿cómo ayudarlos a enfrentar estos desafíos? La respuesta surgió del arte.
Los estudiantes comenzaron con ejercicios de dramatización y juegos de creación de historias; luego pasaron a dibujos y finalmente a máscaras Vicús que parecían mirar de vuelta a quienes las sostenían. Cada historia inventada era también una manera de mirarse por dentro. El guion se convirtió en un puente: entre la imaginación y la palabra, entre la palabra y la escena.

Con el tiempo, el aula se transformó en un pequeño taller de teatro, durante diez semanas. Se levantaron escenarios con materiales reciclados, surgieron grupos creativos que debatían ideas, y los ensayos se convirtieron en espacios donde el error era parte del juego. Hubo momentos de tensión: discusiones por personajes, nervios antes de leer en voz alta, ganas de rendirse. Pero cada obstáculo obligó a los estudiantes a escucharse más, decidir juntos y confiar en sus ideas.
Las familias también se sumaron. En un taller, madres y estudiantes inventaron historias al azar, fortaleciendo la complicidad entre hogar y escuela. El proyecto dejó de ser solo de los estudiantes para convertirse en un esfuerzo colectivo que involucró a toda la comunidad educativa.

El desenlace llegó el día de la presentación. Las obras, como la historia de Doña Florinda, mostraron algo más que teatro: mostraron transformación. Los estudiantes que antes no hablaban proyectaban su voz; quienes evitaban trabajar juntos sostenían la escena como un equipo; quienes no confiaban en sus ideas las defendían con orgullo.
Hoy, Churritos en escena avanza hacia su sostenibilidad y los docentes organizan un equipo que mantenga el proyecto vivo cada año, como un festival que celebre historias, identidades y diversidad. Porque este proyecto, evidencia como el arte, la memoria y la identidad pueden integrarse en procesos educativos significativos. Aquí, no solo se ha comunicado con experiencias y emociones, sino que también se ha movilizado competencias, se ha fomentado una educación inclusiva y participativa y dejados aprendizajes duraderos en quienes participan.