Este artículo presenta una experiencia pedagógica desarrollada en segundo grado de primaria en Lima, orientada a fortalecer la regulación emocional y la convivencia escolar a través de la escritura cotidiana. A partir de situaciones reales vividas en el aula, la propuesta integra el desarrollo socioemocional con el aprendizaje de la lectoescritura, promoviendo el pensamiento positivo como herramienta para el bienestar y el aprendizaje significativo.

A continuación, se presenta el desarrollo de esta experiencia educativa, desde su origen hasta sus principales resultados.

Lo mejor que me ha pasado

La clase de Matemática de segundo grado empezó muy divertida. Estábamos jugando a competir en cálculo mental: chicos contra chicas. Cuando anuncié que las niñas habían ganado, Pablo me miró, frunció el rostro, mostró los dientes, dio un puñete contra la pared y luego la pateó. Estaba claramente frustrado porque su equipo había perdido. Añadió con rabia: «¡Nada me sale bien! ¡Soy un tonto!», mientras se golpeaba la cabeza con las manos. Sus compañeros lo observaban, algunos asustados, otros intentando apoyarlo con frases como “cálmate” o “respira”.

Al día siguiente, en la clase de Comunicación, Marcia insistió en realizar otra actividad distinta a la que yo había propuesto. Cuando Pablo escuchó que ella volvía a pedirlo, gritó con fuerza: «¡No entiendes, la miss ha dicho que será después!», golpeando su mesa con ambas manos.

Pronto varias niñas me dijeron que no querían sentarse a su lado porque se molestaba con frecuencia, y otras confesaron que les daba miedo. Era evidente que estas situaciones estaban afectando emocionalmente al grupo e impactando en la convivencia escolar. Muchas veces tuve que detener la clase para ofrecerle estrategias como contar hasta diez, tomar agua, o mirar la botella de la calma. Sin embargo, los episodios seguían apareciendo.

Como docente, me preguntaba: ¿qué puedo hacer para ayudar a Pablo? Partí de una hipótesis: si Pablo lograba generar pensamientos positivos, tal vez se molestaría menos, porque nadie siente cólera mientras recuerda momentos agradables. Sin embargo, ustedes me entenderán: no quería que fuera una actividad aislada ni diferenciada. Deseaba integrarla al objetivo primordial de segundo grado: fortalecer la lectoescritura.

Así nació “Lo mejor que me ha pasado”: un diario donde mis estudiantes escriben y dibujan cada mañana algún momento vivido y agradable. Imprimí carátulas a colores y armé cuadernillos. Informé a los padres que enviaríamos este pequeño libro para forrarlo y regresarlo, ya que era una actividad de aula, no evaluada, cuyo propósito era promover el pensamiento positivo en los estudiantes. Los otros docentes de segundo grado también se sumaron al proyecto.

Algunos niños tuvieron que enfrentarse al reto de escribir, pues muchos aún no dominaban todos los sonidos de las letras. Aun así, tenían tantas ganas de participar que me preguntaban cómo se escribía tal o cual palabra. Noté que mis estudiantes con mayores dificultades emocionales, como Pablo, solían decirme que no sabían qué escribir. Les resultaba difícil identificar un momento especial. En esos casos, los ayudaba recordándoles alguna vivencia que había presenciado. A veces les decía: “¿Te acuerdas cuando saliste a exponer y todos te aplaudieron? ¿Cómo te sentiste?

Aunque Pablo escribió algunos días que no le había pasado nada agradable, otras veces sí pudo narrar una vivencia feliz. Los episodios mencionados al inicio no han desaparecido por completo, pero empezaron a espaciarse en el tiempo. Además, iniciar la mañana compartiendo diversas experiencias positivas mejoró notablemente la convivencia, pues comenzar el día trayendo un episodio agradable a la mente hacía que ellos llegaran más optimistas al aula. Descubrieron que la felicidad se encuentra en pequeños y sencillos momentos… como lo que escribió Tina: “Hoy dormí rico”.